Hasta hoy tuve el 'valor' de poner por escrito lo que lleva siendo una realidad ya hace un par de semanas: vuelvo a estar sola.
La persona que pensé sería mi compañero de vida, al final, en uno de mis peores momentos personales (un colapso nervioso, una depresión más profunda de lo habitual, una crisis de identidad intensa), decidió que no podía seguir a mi lado... o que no podíamos seguir juntos.
Ese día, el día en que me comunicó su sentir y decisión, ese día me quedé muda... sin palabras. Fue como un puñetazo al estómago y la consiguiente salida del aire de todo mi cuerpo. Me quedé sin poder hacer o decir nada más que llorar. Y llorar en público, porque estábamos en el centro rodeados de gente, durante una exposición guiada en un museo.
Sólo veía alrededor: la exposición, la gente viendo como intentaba secarme los ojos y parecer lo más serena posible; y yo... yo sin poder ocultar muy bien los lagrimones que, pese a mis esfuerzos, seguían escapando de mis ojos.
No pude hablar. No me pasó como en rupturas anteriores en donde, llorando, le pedía al otro que no me dejara, que lo intentáramos una vez más. Esta vez no; esta vez sólo pude ver al suelo y sentir como rodaban las lagrimas por mi cara, como caían al piso junto con mi estómago, todas mis viseras y mis añoranzas sobre una vida en pareja.
Hoy, un par de semanas más tarde, aun lloro, pero en privado. Intento ocuparme de mí. Aún debo de salir de mi crisis, de mi depresión, de mis dudas sobre mi misma. Aún debo salvarme a mí por mí.
No voy a negar que, una vez más, pensé en esa botella de somníferos y en esa botella de whisky (más la botella de vodka sin abrir que también tengo) y empinarme todo de un jalón. ¿Me quedaría dormida rápido? ¿Me dolería? ¿Me sentiría mal? Y confieso que no lo hice, o no lo he hecho, por cobarde. Sí, por cobarde. Porque no me he animado a sacar esas tres cosas y sentarme a consumirlas hasta no verles el fondo. Soy una marica.
Aún no sé si mi cobardía ha sido lo mejor o lo peor que me ha pasado en la vida.
Pero sí puedo decir que hoy se me ha esfumado de las manos el sueño que tenía de vivir, convivir, y morir en compañía de alguien que siempre estaría a mi lado y me querría. Hoy ese deseo, ese sueño, se ha esfumado de mis manos.
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